Todo es un juego, incluso la guerra, el hambre, la indefensión. Sólo es cuestión de cambiar de un tablero a otro, moverse de un terreno a otro. Pasar de la simulación lúdica a la confrontación real, donde “todo está en juego”, desde el deseo hasta la sobrevivencia y donde al final todos pierden, incluyendo a los que obtienen la victoria.

Valerie Brathwaite aborda esa parábola frustrante en El Avión, basándose en la estructura gráfica de uno de sus juegos predilectos de la infancia, dentro de cuya  retícula ha intercalado imágenes, letreros y signos que delatan un panorama de incertidumbres, conflictos, decepciones que marcan la pérdida de la inocencia. La artista recuerda la emoción que le producía  este divertimento durante su niñez, pero también lo que significó para ella el reconocer que el juego de la vida no era tan placentero y que en lugar de gratificaciones y afectos lo que hay es insensatez, discriminación, muerte, chauvinismo,  intolerancia, xenofobia.

Con esta propuesta -muy puntual en su trayectoria creativa-, Valerie se aparta momentáneamente de los elementos característicos de su producción, comúnmente centrada en el manejo de formas orgánicas de alta depuración sensible. En contraste con ello, en El Avión la artista recurre al collage, la imagen documental, la textualidad y la gestualidad pictórica.

Pero, ¿por qué este giro tan drástico de un lenguaje a otro? ¿por qué esta ruptura con el apacible mundo de sus esculturas blandas y jardines cerámicos? Este trabajo, tal como sugiere la artista, implica el tránsito del mundo hechizado de las artes al territorio agónico de una humanidad convulsionada. De esta manera supone un punto de inflexión en la postura de la artista que reemplaza, al menos temporalmente, el sofisticado imaginario de las formas que la distinguen, por una iconografía surgida de la hostilidad  y el sobresalto confrontador de las imágenes.

Aquí el juego se ha transformado en una batalla. Cada cuadro en la geometría de El Avión, es en realidad un abismo que hay que saltar a riesgo de perecer o ser mutilado por el peligro. La “zona segura” de la retícula del juego ha desaparecido. Ahora es un “campo minado”, como cualquier calle de Venezuela o cualquier ciudad del mundo. Donde quiera que uno apoye sus pies hay una escena trágica. Las reglas no son muy claras, ni tampoco es diáfana la utilidad de jugar un juego que no se puede ganar. Digamos entonces que El Avión de Valerie no es un artilugio lúdico sino un dispositivo para meditar, ahora que la artista nos ha mostrado la reversa del espejo del país de las maravillas y la realidad se ha hecho visible.

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