Llegué al pueblo de Naiguatá un miércoles de ceniza, 14 de febrero del año 2018, con intenciones de registrar “el entierro de la sardina”: una celebración popular folclórica cargada de humor. Me encontré con todo lo que tenía previsto: parranda, roles invertidos, irreverencia, música, alcohol y bailes.

Luego de acompañar la carroza por unas horas, me percaté de algo que ninguna de mis fuentes consultadas me había dicho: en cada traje, juego y mirada se observaba una simbiosis extraña entre la jocosidad de la fiesta y la protesta, una protesta que parecía muchas veces inconsciente.

Jóvenes escogieron disfrazarse de cuerpos policiales, militares y ladrones, algunos por diversión y otros como herramienta de protesta explícita. Cuando vi sus rostros y disfraces caí en cuenta de que no estaba en un paraíso tropical celebrando una fiesta de carnaval, bailando y bebiendo alcohol; estaba en la Venezuela de la crisis, de la hiperinflación, de la ciudad más peligrosa del mundo, a unos meses de la oleada de protestas. Toda esa parranda e irreverencia había sido una ilusión, un montaje y un pretexto para tratar de olvidarnos, aunque sea por unas horas de la realidad en la que vivimos.

 

Rodrigo Romero

 

Ver el trabajo completo aquí: Entierro de la sardina (Ensayo final)