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El fotolibro es una obra con entidad propia; un libro en que las fotografías construyen el relato y responden al deseo de un autor de expresarse, de contar algo a través de las fotos; un medio de lectura cuyo concepto nació en la Bauhaus, donde ya el pintor y fotógrafo húngaro Moholy-Nagy anticipó que “quien no pudiera leer una foto sería el analfabeto del siglo XX”. Esta idea de “leer” fotografía nos traslada a una nueva concepción que es muy narrativa e incluso cinematográfica. El fotolibro supone pues una especie de película de papel, un relato visual con cierto orden donde el conjunto cobra mayor importancia que las partes. Fenómeno Fotolibro es una exposición que podrá verse simultáneamente en dos espacios de la ciudad: hasta el 27 de agosto en el CCCB, y hasta el 25 de junio en la nueva sede de la Fundación Foto Colectania, y su intención principal es revindicar el -a menudo olvidado- fotolibro en la cultura visual contemporánea y proponer una reinterpretación de la historia de la fotografía a través del papel del fotolibro y la foto impresa.

La muestra lanza una panorámica en la que participan artistas, colectivos, editores, especialistas y libreros a través de siete secciones temáticas diferentes en continuo diálogo. Además de exponer desde los fotolibros de RódchenckoWilliam Klein y Robert Frank hasta los fotolibros japoneses, pasando por una instalación de Erik Kessels y los libros y fotografías de tres pioneros en la reivindicación del fotolibro: Álvarez BravoCualladó y Cartier-Bresson -quien prefería el libro a la exposición de sus imágenes enmarcadas en una pared-, también hay una sección dedicada a fotolibros de denuncia y propaganda con los diseños más provocativos y una recopilación de los mejores fotolibros de los años 2015 y 2016.

Pero el gran logro de este proyecto es haber rescatado el fotolibro no solo como una compilación de fotografías que facilitan la comprensión histórica de este fenómeno, sino como obra total: un trabajo global que fusiona fotografía, edición gráfica y diseño. A este respecto no hay que olvidar la valiosa aportación de los grandes diseñadores gráficos, ya que el fotolibro es una obra colectiva en la que intervienen el diseño, el grafismo y la tipografía, la secuencia de las imágenes, la maqueta y el texto, es decir, un conjunto de cualidades de concepto y de objeto.

Hace unos años, el fotolibro era el gran desconocido dentro de las artes; en 2011 el fotógrafo e historiador del arte Horacio Fernández editó El fotolibro latinoamericano, alegando la existencia de un gran desconocimiento del formato dentro del continente americano a pesar de constituir la más importante fuente de la contribución de América latina a la fotografía. Nuestro país no tardó en seguir estos pasos con la muestra Fotos y libros del Reina Sofía, fruto de una exhaustiva investigación -en la que también participó Fernández– cuyo fin no era otro que el de catalogar nuestro fotolibro nacional y formar una colección de referencia, ya que en los últimos tiempos en nuestro país se está dando una importante concentración de talento en torno a los libros en los que prima la imagen fotográfica.

Por suerte este ostracismo ha pasado a mejor vida y en los últimos años, los fotolibros han vivido un período de gran expansión, pasando a jugar un papel protagonista en la fotografía contemporánea. Actualmente, se producen una enorme cantidad de ellos y además se está volviendo a la autenticidad de lo impreso. El formato digital nunca va a desbancar a la fotografía impresa, del mismo modo que tampoco puede ocupar el lugar de los cómics en papel. El fotolibro es un terreno fértil para la experimentación y la creatividad de muchos autores y las iniciativas PHotoBook Week de La Fábrica o el festival Fiebre Photobook son la prueba.

La fotografía cobra más sentido en un libro que en una exposición. La cuestión es: ¿cómo llevar el fotolibro a la experiencia del museo? Muy pocas fotografías han sido hechas para su museización, y en cierto modo es antinatural, descontextualizador. La lectura privada en un espacio público no parece una buena solución. No podemos tener los libros en las manos, pasar sus páginas a nuestro ritmo, ni tocar y oler sus páginas. Tampoco tiene sentido exponer simplemente los objetos aislados en vitrinas, encerrados y con su contenido inaccesible. Haría falta ensayar nuevos modelos, experimentar sistemas de presentación y lectura de las imágenes y textos que forman conjuntamente secuencias. Las fotos ya no pueden mostrarse como objetos autónomos, enmarcados como si fueran cuadros, y esto es algo sobre lo que pensar.

Mientras tanto, esta exposición plantea un recorrido muy interesante por los errores, conquistas, obstáculos, altibajos y triunfos del proceso de producción de estos pequeños tesoros y destaca los puntos más significativos del fenómeno, que son, por un lado el valor del fotolibro como obra total y autónoma por encima de la autoría o procedencia de las imágenes y por otro, el impacto brutal ha ejercido y ejerce en la transformación de la escena artística y por ende, de toda nuestra cultura visual contemporánea.