Biografía de Ricardo Jiménez en sus propias palabras

 

“Soy hijo de Héctor Jiménez y Lourdes Font, nacido en Caracas en 1951. Durante mi infancia viajé con frecuencia con mi familia por el oriente y sur venezolano. Mientras estudiaba psicología en la central (Universidad Central de Venezuela, UCV) me interesé por la fotografía y en 1976 hago un curso básico en la Escuela Frías de Caracas además del Instituto de Diseño de Caracas, ahí conocí y fui alumno del maestro Alexis Pérez Luna y me especializo con él en alto contraste.

 

En 1977 me voy a Londres y estudié fotografía en la Sir John Cass School of Art con Mick Williamson y, al año siguiente, en el Photographers Place de Nottingham (Inglaterra), donde realicé talleres de fotografía con Paul Hill y James Moore. En 1978 ingreso al Bournemouth and Poole College of Art and Design (Bournemouth, Inglaterra) y junto a los fotógrafos Kim Nygaard y Ricardo Gómez Pérez fundé en Londres el grupo Encounters. Con este grupo exhibo mis fotografías en la Manchester Gallery (Inglaterra, 1979) y en la Sir John Cass School of Art (Londres, 1980). En Londres participo en exposiciones colectivas realizadas en el Portraits Gallery (1980), la David Dawson’s Gallery (1980) y la Christine Gallery (1981).

 

En 1981 termino mis estudios en Bournemouth, regreso a Venezuela y comienzo a realizar “La noche”. En 1983 me hago fotógrafo de la revista Pandora de El Nacional hasta 1985 y al año siguiente me junto a Ricardo Gómez Pérez, y nos hacemos llamar Ricar-2, empresa dedicada al trabajo comercial para revistas como Gerente, Horizontes (Caracas) y Global Finance (Nueva York), entre otras.”

 

Ricardo Jiménez como buen venezolano es fanático del béisbol y su equipo el de la ciudad que lo ve nacer, Los Leones del Caracas, una ciudad bipolar al igual que sus fotografías, siempre en blanco y negro altamente contrastadas. En sus imágenes se destacan luces, sombras, geometría con un toque de humanidad. Sin importar el momento del día, en su fotografía siempre habrá luz y sombras. Podemos decir que domina el arte de medir la exposición en situaciones comprometidas de luz; salir airoso con imágenes que, además de estar técnicamente logradas, transmiten algún mensaje o al menos desequilibra el pensamiento. A Ricardo Jimenez lo percibo como un personaje de “En el camino” (On the Road) de Jack Kerouac que busca en las calles respuestas a sus inquietudes. Ricardo sale a la calle, al camino, la carretera a buscar aquello que será objeto de su obsesión. Ricardo se refiere a sí mismo como “el turista pensante”. Aquel que en cada ciudad se adentra en sus espacios y su gente, para vivirla y expresarla de una manera distinta y enigmática.

 

Así comienza “La noche”, una serie que realiza en el año 1982 y que posteriormente exhibe en el año 1985; lo que corresponderá como su primera individual. Por este trabajo recibe en ese año el Premio de Fotografía Luis Felipe Toro.

 

Ricardo considera el color más obvio para expresar las ideas, y que para trascender la realidad a partir del color es muy difícil. Considera que el blanco y negro es mágico, sorprendente y se puede escapar mejor de lo que es la verdad. El considera que el blanco y negro resulta idóneo para tratar de decir algo sin tener que recurrir a ser literal.

 

Nada mejor para iniciar la demostración de esta percepción de Ricardo que su serie “La noche”, donde no solamente trabaja en blanco y negro sino que lo hace luego de que el sol se oculte, haciendo el reto aún mayor. Inspirado en Brassaï sale a buscar las imágenes que representan la vida nocturna del venezolano. Al ver la fotografía “Carúpano” me describe aquella ciudad tal cual es este hermoso pueblo grande, o mini ciudad, del oriente venezolano. Yo que crecí en ella y la recuerdo tal como me la presenta Ricardo, la gente hace vida en la calle, en la puerta de su casa, conversando, jugando truco, tocando cuatro o bebiendo ron.

 

La fotografía de Ricardo es vertiginosa, hay movimiento dentro de la calma, dentro del tedio de la situación que muestra, convierte la escena, el sujeto en algo relevante y a veces perturbador. David Lynch de haberlo conocido lo tendría como referente en su estética visual. Aquel hombre en “Caracas” de “La Noche” nos lo confirma, un hombre solo, iluminado por un farol de calle, sombras en cuadrícula, líneas y una circunferencia luminosa que es encerrada por la oscuridad de la noche. Mi única angustia es saber si esa persona llegó o no a su casa ese día.

 

En la serie “Caracas desde el carro”, también conocida simplemente como “Desde el carro”, nos muestra una incipiente visión de Caracas, el cuidado del encuadre desde dentro de un vehículo, a veces en movimiento y a veces con la quietud del voyeurista. Sus encuadres son magistralmente logrados, esto se evidencia en su mayor esplendor en “Qué pequeño es el mundo”, una imagen con elementos complejos: una calle en subida, un hombre que se esfuerza en caminar la cuesta empinada, otro hombre cruzando la calle y observando en dirección contraria para evitar ser arrollado mientras es inmortalizado con el mismo paso que Jhonnie Walker pero esta vez con el paragua desplegado. El horizonte parece estar caído pero la vertical de una pared junto al rodapié nos deja ver que no hay horizonte caído. Ricardo compone de manera que todo sube y baja pero el horizonte está donde debe estar. De nuevo, con sabiduría nos muestra el vértigo de una ciudad como Caracas vista desde la humildad dentro de un carro cualquiera. Es una imagen atemporal, pareciera sacada de la película “The Matrix” donde no sabemos si es un futuro cercano y vintage o un pasado encajonado, visto desde un monitor con jeroglíficos verdes cayendo.

 

Ya he comentado que Ricardo es un maestro del contraste, sin embargo es lo único que se permite a sí mismo, oscurecer o aclarar un poco para equilibrar el contraste de la fotografía. El se considera bressoniano, no reencuadra. Una fotografía puede que le sobre algo por un lado o por otro, pero si el foco principal está en lo que quiere decir la fotografía, no importa que sobre, lo que salió es lo que fue captado en ese instante mágico de la captura, que para él es inviolable y no se puede intervenir.

 

Esto lo podremos apreciar en su serie Bitácora. En ella podremos, con criterio ligero, percibir algunas de sus fotografías como descuidadas, por ejemplo: “Es la misma orilla” donde el horizonte está caído. Sin embargo la fuerza del momento, de la escena, de las tres niñas vestidas de colegio a la orilla del inmenso río compensa aquel tecnicismo o regla fotográfica. Es en “la redondez del planeta” donde sin lugar a duda nos enseña de tercios, del instante decisivo, de paciencia, de movimiento,  vértigo y de contrastes. En esta fotografía nos grita a viva voz su virtuosismo técnico y dominio de las más estrictas reglas de la fotografía. Hablamos de geometría, puntos de fuga, ojo clínico para esperar el momento idóneo para hacer el click mecánico que produce la cámara. Es en “Sostener el horizonte” donde nos dice, no me hables de horizontes caídos que yo sé lo que eso es.

 

Es en paisajes verticales donde la huella del hombre pesa más que el hombre en sí mismo, no aparece persona alguna en esta serie, sin embargo su presencia siempre está ahí para recordarnos que nuestra intervención en este mundo es demoledora. Ante la soledad y la apacibilidad de las fotografías de esta serie Ricardo nos muestra cuán humano es nuestro mundo.

 

Ricardo además de hacer poesía visual, acompaña a sus fotografías con sendos títulos que nos muestran su capacidad creativa también en el arte de la escritura creativa. “Voy más rápido que yo” de la serie “En la tarde al viajar”, “La rueda olvida su fórmula” de la serie “Paisajes verticales” dan fe de ello, dan fe de su sensibilidad al dar vida con un bello título a cada una de sus fotografías.

 

Ya sabemos que Ricardo prefiere el blanco y negro para fotografías, y por fortuna para nosotros aún lo hace en película, regalándonos el hermoso grano que un buen revelado químico nos puede dar. Es por esto que sus fotografías, a diferencia de la fotografía moderna/digital, destaca aun en calidad y belleza. Él solo sabe si logró su objetivo luego de mucho tiempo, esa espera que todo fotógrafo debe conocer para dejar de lado la inmediatez para dar paso a la observación con detalle y paciencia. Para fines informativos, Ricardo usa Leica, sin embargo, no considero relevante este dato, a ningún escritor se le pregunta con qué pluma, máquina de escribir, teclado o computadora a escrito su libro.

 

Para Ricardo Jiménez hay cosas que se usan en los procesamientos digitales que le parecen exageradas y las rechaza: el abuso en el enfoque mediante la aplicación del clarity, por ejemplo. El indica que en el cuarto oscuro también se manipula la foto cuando se aclara u oscurece, pero lo que él ve ahora es una exageración de esos recursos digitales, que quizás respondan a un lenguaje moderno, según su opinión, pero que no entiende y que además él cree que transforma la foto en otra cosa. Para Ricardo Jiménez, estos recursos modernos le quita la magia a la fotografía, la vuelve artificial. Ricardo opina que el asunto de la fotografía siempre es manipular la realidad, pero desde la toma, ahí reside el verdadero valor de interpretar la realidad. Por eso cree que se corrompe el acto fotográfico cuando se toma la fotografía y se empieza a intervenirla desde el computador con clarity, exagerado contraste, viñeteo entre otras cosas.

 

En su serie sobre el Cerro El Ávila, muestra de nuevo su pasión por la ciudad de Caracas. Con la excusa de la serie de esta grandiosa montaña nos muestra a Caracas, sus espacios, sus venas, su dolor y amores. A ningún caraqueño se le pierde el norte, siempre tenemos ubicación de donde estamos gracias a esta montaña y Ricardo nos lo recuerda.

 

A pesar de no tener ninguna serie de retratos, Ricardo nos muestra en su trabajo a lo largo de los años que tiene destreza en captar y según sus propias palabras “En cada retrato que hacemos lo que capturamos es a nosotros mismos”. El no cree que cuando se está haciendo un retrato, se esté logrando retratar o fotografiar la personalidad o la esencia de esa persona que se tiene enfrente. Según Ricardo “eso es falso”, no se captura la esencia de alguien. Realmente al final lo que sale es lo de uno mismo, según sus palabras, son las obsesiones propias la que surgen allí. Para Ricardo se tiene que combinar el ambiente y la escena con la pose de la persona. A el no le gustan los retratos que son el rostro nada más. Le gusta precisamente ver eso, una atmósfera que se crea entre la persona y lo que lo rodea.

 

Existe un retrato de un gallo que se muestra en una vitrina y es objeto del deseo de aquellas personas que ponen su dinero y fortuna en ellos. ¿Quién ganará?

 

Manuel Alejandro Hernández Giuliani

Historia de la Fotografía

Sep-Dic 2017

 

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