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Considerado uno de los fotógrafos más connotados del país, Nelson Garrido (Caracas, 1952) desarrolla su trabajo en diálogo con diferentes medios y soportes; del diseño a la escenografía teatral, de los retablos a la instalación y los impresos.

Tal postura ha generado controversias estéticas y gremiales, como la acaecida en 1991 cuando se le otorgó el Premio Nacional de Artes Plásticas, una distinción que algunos consideraban exclusivamente para “artistas plásticos” (pintores, escultores, dibujantes) y no para fotógrafos. Lo cierto es que el trabajo de Garrido ha cruzado diversas  fronteras disciplinares sin desviar, en cada caso, sus principales motivaciones artísticas, centradas en un enfoque irreverente de las nociones de erotismo, religión, muerte y violencia, con base en el arte sacro, la cultura popular y la historia del arte.

En realidad, Garrido más que un fotógrafo es un imaginero “posdisciplinar”, un artífice cuyo accionar es muy similar al del tallista popular, los pintores de íconos y la gente devota cuando recrean personajes, escenas y narrativas basadas en las imágenes. “Mi función social como individuo –escribe- es ser un hacedor de imágenes. Es hacer una iconografía de una época”. En ese mismo orden de ideas puntualiza: “La imagen es una totalidad de hechos visibles (…); el hombre fundamentalmente es un hacedor de imágenes. Lamentablemente, la sociedad contemporánea ha ido propiciando el fraccionamiento del concepto imagen.  No se se asume que la escultura, la pintura, la cerámica, la fotografía, son un mismo hecho de imagen (…)”[1]

La cámara es solo un medio de fijación iconográfica, que en su caso recoge alteraciones críticas  que cuestionan los estereotipos religiosos. Su serie de In-macula-das (2016), compuesta por más de 40 maculaturas impresas sobre papel de 48 x 66 cm, enlaza varias de sus inquietudes creativas.


La relación de Garrido con el mundo editorial es prolongada y estrecha. Además  de realizar fotografías para revistas, libros, portadas de disco, cine y publicidad, ha utilizado  postales y multígrafo para difundir su obra, apelando a la reproducción masiva y su capacidad de evadir el limitado alcance de los aparatos de exhibición tradicionales y las reservas de los sectores de opinión conservadores. Impartió clases en el Instituto de Diseño Neumann y trabajó en el taller de Carlos Cruz-Diez  quien también ejerció como diseñador. Esta cercanía con el mundo gráfico, sus procesos y posibilidades lo ha mantenido atento al recorrido de las imágenes (de la construcción de la escena al registro, de la foto a la diagramación, del arte final a la imprenta) que en definitiva constituyen su centro de atención.

 

En su caso, la reproductividad es una herramienta que permite sortear con éxito las prescripciones litúrgicas  y las convenciones expositivas. La imagen masiva puede ser una postal, una fotocopia o un afiche y puede colocarse en un álbum, en una billetera, entre las páginas de un libro o en un muro callejero. Cualquiera puede tenerlas. Y es que en Garrido, el hecho estético se produce en el acto de circulación y no solo en los productos que muy celosamente albergan recintos de la fe y el arte.

Sus maculaturas in-macula-das (valga la contradicción) son una consecuencia de ese ir y venir de las imágenes, esa continua profanación del ícono en su recorrido intermedial[2] a través de diversos procedimientos y soportes. Llegan -al fin-  las imágenes a esa suerte de Purgatorio, regentado por los “arcángeles” de Gutenberg que han de cumplir la faena de seleccionar lo que se ha de reproducir y lo que no cumple los estándares previstos. Garrido opta por recuperar lo ya desechado, encontrando en ello otras fugas de la imagen, más allá de su pretensión de origen. Y allí, en el error, la imperfección y la incongruencia, fuera de un propósito específico, radica la “inmaculada impureza” de su significado.

Al igual que Garrido, otros artistas han trabajado con desechos impresos, apropiándose de los residuos propios o ajenos, ya sea para aprovecharlos tal cual o para modificarlos. Gego en sus Tejeduras (1988-1992), Claudio Perna en sus Maculaturas (1975) y más recientemente Javier Rodríguez en sus intervenciones sobre la prensa escrita incluidas en la exposición “Doble discurso” (La Caja, Centro Cultural Chacao, Caracas, 2012) y Juan Toro con las pruebas de su libro “Expedientes” (Ediciones B, Caracas, 2015).

 

En el caso de Garrido, recuperar las maculaturas del libro antológico sobre su obra, editado por La Cueva. Casa Editorial en diciembre 2016  significa potenciar el cruce fortuito de las imágenes, convertir las pruebas de impresión en una extensión de su laboratorio creativo, tratar el accidente como un desenlace significativo donde el lenguaje visual encuentra otra forma de pertinencia.

Sus “Inmaculadas” nos recuerdan que las imágenes nunca aparecen solas[3] aunque surjan de una pulsión singular. Deben compartir su  exclusividad con un torrente iconográfico variado, añadir su impronta a las demás, sufrir distorsiones inesperadas y resignarse a su eventual desaparición. Garrido afronta está promiscuidad de manera irónica y entusiasta, aprovechando la yuxtaposición espontánea de algunas de sus obras más emblemáticas con toda clase materiales impresos: publicidad, arte, historia, autoayuda. El Cochino levitando(1986) y el Ternero de la vaca Mariposa (1992) con el busto de Simón Bolívar, Rintintín después del ataque comanche (1983) con un recetario de cocina, Trilogía marina (1988) con pimentones, aguacate y berenjena, la Autocrucifixión (1992-1993) con publicidad, el El mito andrógino o el hombre bola (2016) con tragos de ginebra, paños absorbentes y legumbres, La Nave de los locos (2000) con el vino “La Sagrada familia”, Saturno devorando a sus hijos (2015) con pizzas, Marcos Pérez Jiménez y el cuadro Muerte de Marat. Todo se confunde en el momento en que la imagen es “entronizada” en el “nicho” gutenbergriano​ que hará de ella un objeto de devoción laico.

 

[1] Garrido, Nelson. Editorial. En: http://www.nelsongarrido.com/webgarrido2/editorial/editorial.htm

[2] Cfr. Belting, Hans. “La transparencia del medio. La imagen fotográfica”. En: Antropología de la imagen. Katz Editores, Madrid, 2010, p. 265

[3] Cfr. Ranciere, Jacques. “La imagen intolerable”. En: El espectador emancipado. Ellago Ediciones, S.L. Castellón, España, 2010. p. 101